El vapor de disolvente pesa dos o tres veces más que el aire y se acumula donde trabaja la gente. Caudal, medición de gases y permiso no son papeleo: son el método.
El trabajo de recubrimiento se juzga por la película. También, de vez en cuando, se juzga en un informe de accidente, y ambos modos de fallo comparten causa: alguien supuso que el aire del espacio era el mismo aire que respiraba en el patio.
La densidad de vapor decide dónde está el peligro
El vapor de los disolventes empleados en recubrimientos de altas prestaciones es más pesado que el aire. El xileno, diluyente habitual en sistemas epoxi y de poliuretano, tiene una densidad de vapor cercana a 3,7 respecto al aire. El tolueno ronda 3,1, y las fracciones alifáticas ligeras de algunas imprimaciones son menores pero siguen por encima de 1. El vapor de un cubo abierto o de un suelo recién pintado no se dispersa hacia arriba: se deposita, corre por el fondo del tanque y se acumula en fosas, sumideros, sentinas y el tercio inferior de cualquier volumen cerrado.
Por eso la medición en la boca de hombre puede dar aceptable mientras el fondo del tanque no lo es. Y por eso quien entra a recoger una herramienta caída se expone a una concentración que quien está en la abertura nunca experimenta.
La ventilación es una cantidad calculada
El requisito de ventilación no se resuelve poniendo un ventilador en la abertura. Se deduce de tres cifras: la velocidad de evaporación del producto en uso, su límite inferior de explosividad y su densidad de vapor. Las tres están en la ficha de datos de seguridad, y el cálculo es práctica estándar en toda especificación de recubrimientos que trate espacios cerrados. Lo que el cálculo arroja suele ser incómodo, porque se expresa en renovaciones por minuto y no por hora.
De ahí dos consecuencias. Primera, la extracción debe tomarse en el punto bajo, donde está el vapor, no en el alto, donde el aire se mueve con facilidad. Segunda, impulsión y extracción deben disponerse para barrer la zona de trabajo y no solo diluirla; un ventilador soplando dentro de un tanque produce un chorro y una zona muerta, y esa zona muerta suele ser donde el pintor está arrodillado.
Las cifras que obligan a parar
La medición de gases para entrada y trabajo en espacio confinado se fija habitualmente en el diez por ciento del límite inferior de explosividad, con parada bastante antes del veinticinco por ciento. El oxígeno se controla en la banda de 19,5 a 23,5 por ciento. Para la exposición al disolvente, el límite de ocho horas del xileno está en torno a cien partes por millón, y el olor no sirve de guía: desaparece mucho antes de que la concentración sea inocua, y a concentraciones altas el olfato se embota aún más.
Un monitor no sustituye a la evaluación. Lecturas en la abertura, a altura de cabeza y en el punto bajo, antes de entrar y a intervalos durante el trabajo, describen el espacio. Una sola lectura en la boca de hombre describe la boca de hombre.
Las prácticas que mantienen viva a la gente
- No entrar sin permiso, con vigilante en la abertura en comunicación continua y un plan de rescate que no dependa de que el vigilante entre
- Ventilación forzada continua durante todo el período de trabajo, no solo durante la aplicación; una superficie recién pintada sigue liberando disolvente horas
- Mantener disolventes, trapos y envases abiertos fuera del espacio; los trapos de limpieza en recipiente metálico cerrado
- Medir en el punto bajo y a nivel de trabajo, registrando lecturas con hora
- Protección respiratoria seleccionada para la concentración real, con prueba de ajuste, no una mascarilla antipolvo
- Puentear y poner a tierra equipos y envases donde pueda haber atmósfera inflamable
Nada de esto es insólito y todo figura en las especificaciones que los clientes auditan. El fallo recurrente no es ignorar las reglas, sino la pequeña excepción: diez minutos sin ventilación para rematar un borde, una entrada sin monitor para revisar un defecto. El vapor de disolvente no negocia esos diez minutos.